PALIMPSESTOS DEL OLIMPO
Torregar
17/04/2026 – 16/05/2026
ESTRATIGRAFÍAS Y PALIMPSESTOS
Nuestras almas contemplaron en otro tiempo el cielo en que esplendía la belleza, pero “al caer en la tierra vemos todavía, por el más clarividente de nuestros sentidos, resplandecer claramente esa misma belleza. La vista es, en efecto, la más penetrante de las facultades sensitivas del cuerpo”
Platón. Diálogos
Ocupamos lugares que no fueron erigidos, ni instaurados, por y para nosotros. Paseamos la mirada, aquel de los sentidos nobles considerado por los neoplatónicos como la más importante puerta del alma, sobre innumerables objetos –e imágenes– que ya fueron contemplados, y tenidos como valiosos y representativos, por otros en el pasado. Jugamos a intervenir el espacio y el tiempo, sumándonos a percepciones que ni siquiera éramos capaces de intuir. Y, en cada una de esas acciones, superponemos huellas sobre huellas, miradas sobre miradas. Capas. Emociones. A veces envuelto todo en sutiles ocultaciones, cuando no en intentos –no siempre fracasados y vanos– de envolvernos y dotarnos de nuevas y distintas apariencias. Quizá la obra de arte constituya ese único y representativo objeto, ese ámbito de encuentro y debate, capaz de incorporar, y añadir a su significado y su esencia, el tiempo, el paso del tiempo; agregando, superponiendo, modificando la función del objeto y sus posibles y múltiples lecturas. Y, si no hemos cometido ningún acto ni cambio sustancial, ninguna reforma sacrílega, ese objeto, esa pintura, esa obra de arte, se verá enriquecida, al incorporar sucesivas intervenciones, sucesivos aportes que, inevitablemente, habrán de influir en nuestra mirada… en nuestras percepciones emocionales.
Sería conveniente reflexionar que lo misterioso de una obra de arte, de un cuadro –por ceñirnos al caso que nos ocupa en esta muestra– es su capacidad para atraer y motivar nuestra atención, la manera en que ese objeto acaba por transformarse en un relato que no necesita necesariamente de las palabras. Un cuadro, una obra de arte… incluso una acción artística –a diferencia de otros objetos materiales, o de otros sucesos– no nos exige, ni nos pide, obtener de él, de ella, beneficio, uso inmediato o utilidad práctica alguna. Basta con que nos dejemos arrastrar por su misterio. O, en este caso, que nos dejemos arrastrar y seducir por las sugerencias que las distintas capas de pigmentos han ocasionado al ser vertidas y trazadas sobre la superficie del lienzo, el tablero o el papel. Veladuras… simulacros de palimpsestos, estratigrafías… Representaciones que trazan un camino cuyo fin, en esta ocasión, es obsequiarnos, hacernos partícipes de una narración –donde múltiples niveles de lectura, y diversidad de discursos, pugnan por aflorar e integrase unos sobre otros– centrada en lo simbólico de la figura femenina y su percepción como icono clásico y por ello mismo eterno.
Sí, quizá podríamos plantearnos cuáles son las causas que han actuado de detonante para este cambio de registro en la trayectoria plástica de Torregar, pero esto supondría un esfuerzo inútil; pues en este caso rastros, huellas, solo parecen haber existido como parte de un largo proceso de investigación y trabajo, de una meticulosa toma de decisiones que le han llevado a abordar la obra de una determinada manera: texturas, capas, estratificaciones… estableciendo un proceso de vínculos, nexos, asociaciones y dobles lecturas, que podemos considerar que se han producido de forma previa al propio hecho pictórico, al propio acto de pintar; fiando su capacidad de impacto, su emocionada belleza, al resultado obtenido. ¿Para qué efectuar borrados y ocultaciones? Dejemos que sean las ideas las que se superpongan ante nuestra mirada, las que afloren en el papel y en los lienzos. Transiciones. Una poética que permite al artista indagar en el pasado, reapropiándose de mitos e imágenes, bucear en una iconografía que tiene su origen en una relectura de la propia historia del arte. Una serie de obras que nos presentan una revisión de la figuración, cocinada con elementos alegóricos y oníricos, salpicados de metáforas y citas con origen en los textos y la mitología clásica.
Pero, invitados –en gozoso símil– al banquete de Zeus –pues, tal que una fiesta podría ser siempre considerada una muestra artística– para celebrar las bodas de Peleo y Tetis –o al goce de las bellezas del Paraíso, pues al fin, tal como ocurre en un palimpsesto, las leyendas y los mitos se superponen y entrecruzan–, no nos dejemos embaucar por las artimañas y el enfado de Eris, ni nos sintamos obligados a elegir y a optar como Paris, ese pobre príncipe-pastor, entre Atenea, Hera y Afrodita, por muchas promesas con las que las diosas quieran seducirnos. Mejor dejar que la mirada se pose sobre este conjunto de hermosos, enigmáticos y misteriosos cuadros, sobre este conjunto de obras, de imágenes que, como en una superposición estratigráfica, de alguna manera ya fueron contemplados y tenidos como valiosos referentes en el pasado.
Pedro Manzano
