LA SEXTA Y PAZ
Vicente Ruiz
19/09/2025 – 31/10/2025

       Hacia 1977 la pintura de Vicente Ruiz, sus óleos y dibujos, sus cuadros y anotaciones –en forma de apuntes trazados en blocs y pliegos sueltos– irían proporcionando a nuestro pintor un código visual propio, que se iría superponiendo, en algunas obras, a personajes y paisajes que, aún, conservaban una cierta idea de compromiso con la realidad, entendida esta como un enfoque figurativo que permite reconocer territorios y personajes, cuadros como: La Sierra del Gigante o Niña con montaña dejan patente lo señalado. Pero serán sus sucesivas estancias en el Sáhara, su convivencia con los habitantes del desierto, lo que terminará por dotar a su pintura de un lenguaje propio y determinante. O, quizá –muchas veces me lo he preguntado–, puede que fuesen, precisamente, aquellas obras de finales de los setenta las que empujasen al lorquino a esos viajes, a esas estancias, a esa búsqueda de paz y espiritualidad, introspección y silencio… tan esencial ya, y para siempre, como imprescindible incorporación en su pintura.

Arquitectura de Barrio

       El arte como dilema. Quizá el arte sea, tan solo, el reconocimiento de un acto inútil, el resultado de un azar imprevisto y, por tanto, la realización y ejecución de un concepto, de un producto, fuera de toda lógica. Lo que, a cambio, convierte el arte en parte de ese ámbito dominado por lo mítico, donde habita el pensamiento crítico en perfecta armonía con el encuentro inesperado.

       En el desierto habita y confluye esa interrelación de lo mítico y lo inesperado que nos somete a preguntas y observaciones más allá de la lógica. Haciéndonos partícipes de lo mágico, de la leyenda, de la fábula… propiciando un reencuentro con el pasado y lo ancestral que, para Vicente Ruiz –un enamorado de la arqueología– era fácil hacer confluir con su pintura, tras la contemplación de aquellas pinturas y rastros escondidos en las llanuras rocosas de la meseta de Tassili. El desierto como espacio de búsqueda a respuestas… como antídoto a los excesos que procura la sociedad de consumo. Puede que, para algunos –sobre todo los acomodados, y acomodaticios, europeos–, el desierto sea solo una especie de metáfora aureolada de una cierta poética, pero hay otros individuos que han hecho de su estancia en el desierto una forma más íntima de medir el tiempo, una forma de estar en el mundo a la ya nunca podrán renunciar.

       Vicente recupera y nos obsequia, con esta exposición que ahora celebramos, una serie de dibujos realizados en aquellos viajes. Dibujos: lápiz, acuarelas, pasteles…, que han servido de punto de partida y cariñosa excusa –en palabras del propio pintor– para elaborar una serie de óleos de gran formato, ejecutados a lo largo del último año, presentes en la muestra. Contemplemos estos cuadros, estas obras, como fugaces destellos de felicidad. El colorido, los ritmos compositivos, la estructura de la obra, los guiños y referentes icónicos que afloran –apenas entrevistos– en el lienzo, sus cualidades sensuales… como si de un ritual de carácter celebratorio se tratara. Como si el pintor nos invitara a pasear con él en un íntimo y personal camino de ida y vuelta, un recorrido circular que nos hiciese partícipes de los códigos que han personalizado y conformado su estilo, su manera, el hecho diferencial de su obra. Un recorrido con dos hitos intercambiables como puntos de partida y llegada: Aquellas lejanas estancias en el desierto del Sáhara y esta, más habitual, en la casa de la huerta lorquina, rodeado de frutales y naranjos, que su padre, con cierta ironía llamó La Sexta –un poco en divertida contraposición a la que se había hecho construir el tío de Vicente, que bautizaron como La Quinta–. En ambos casos la paz, la mirada introspectiva que propicia la pintura… la creación.

       En su novela “El mapa y el territorio” Michel Houellebecq hace que Jeb, el protagonista, se pregunte qué le ha empujado a acometer una representación plástica, artística, del mundo, si el mundo responde a un mecanismo absolutamente racional desprovisto de emoción artística; y el propio Jeb parece responderse a sí mismo cuando expone que, quizá, por eso mismo, el ser humano ha tenido que recurrir al arte como forma de escapar a los rigores de ese racionalismo tan aburrido y falto de emoción. Sí, es ese territorio, esa naturaleza… la del desierto, la de La Sexta, la que ha empujado a Vicente a detenerse, a observar asombrado como florecen los naranjos, como zumban las abejas entre los frutales y la luz altera de forma infinita los colores… como permanecen las huellas, los anhelos… grabados, pintados en la roca y en la piedra por otros hombres; obligando al pintor, en esa paz que procura el huerto, o el desierto, a retomar, en un ciclo sin fin, un único anhelo: Pintar; para que podamos compartir con él la emoción, el misterio que supone el ilógico acto de amor que conlleva el arte… la pintura.

                                                                                                                                                                                                                                                      Pedro Manzano            

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