FRAGMENTOS
Emilio Cerezo
31/01/2025 – 28/ 02/2025
Señalaba Lhote, en su tratado sobre las reglas que debían regir la relación entre pintura y paisaje, que lo importante, lo esencial del arte, nunca debía ser imitar la naturaleza, sino más bien ser capaz de poner en la obra, bajo el pretexto de aquella imitación, elementos plásticos determinantes y puros: medidas, direcciones de la mancha y el trazo, adornos, juegos de luces y contraluces, color y materia… Todo organizado y distribuido en una superficie según nos invite y nos anime la ley natural, pero la ley natural de las formas y los ritmos que la marcan; y, al obrar así, los artistas pueden dejar de ser tributarios mezquinos de los accidentes que creemos percibir en la naturaleza y encontrar, espontáneamente, las combinaciones que permitan crear estructuras, imágenes y composiciones literalmente vivas, libres de ataduras y de consideraciones previas. Otros ámbitos.
¿Quizá otros paisajes?
No, no parece que estemos ante esta serie de obras de Emilio Cerezo –algunas, las denominadas, con cierta ironía provocadora y socarrona, Remedios para pies planos, intervenidas y creadas junto a su amigo Murdo Ortiz– frente a la representación de ningún paisaje, pero si ante una serie de superficies, o mejor, ante los múltiples Fragmentos de una única superficie, donde se disponen formas, se yuxtaponen emociones, colores y ritmos, generados por la propia naturaleza de la pintura, de tal modo que parecen ajustarse a una ley a la que no puede escapar ni siquiera el propio artista… Un principio que establece que la materia, las materias, conllevan un cierto destino, una cierta vocación formal que queda determinada por el color, la textura o la consistencia, y ¿por qué no? la voluntad del artista de hacer de ellas la representación de un paisaje, un paisaje nacido del alma. Sí, la pintura es un arte, aunque podemos precisar que también representa un compromiso, con uno mismo y con el otro, con los otros… y, como tal, no puede ser un acto de creación que carezca de objetivos y principios, cayendo en el vacío y la irrelevancia.
FRAGMENTOS. Materias realzadas de tonalidades y rastros sobre la superficie del cuadro que, a veces, semejan haces de nervaduras rayadas en carne viva, tal que fuese la reproducción de un instante calmado o trágico que el artista ha proyectado hacia nosotros. Paisajes del alma. Cerezo nos propone un Paseo circular donde, a modo de acertijo, poder encontrar un recóndito Paisaje montañoso con ermita, pues así titula una de las piezas expuestas –me parece oportuno citar aquí como la escuela Kano, de pintura japonesa, proponía en el siglo XV observar con atención los arrastres del pincel, sobre el papel de arroz, hasta lograr ver con nitidez La aldea en la montaña rodeada por la niebla–. Ut pictura poesis; tal como la pintura así es la poesía. Campos, áreas de color que se expanden o se contraen para elevar al máximo la esencialidad, la intensidad del cuadro y conseguirlo a fuerza de trabajo y sacrificio.
Cuando contemplé, sobre las paredes del espacio Arquitectura de Barrio, todas las piezas que dan contenido a la muestra FRAGMENTOS, recordé el texto que Johnson Sweeney escribe para la primera exposición que Pollock presenta, el 9 de noviembre de 1943, en la galería neoyorkina “ART OF THIS CENTURY”. Sweeney escribe en el catálogo de presentación: Su talento es volcánico. fuego, explosión, indisciplina… en él estalla una prodigalidad mineral todavía no cristalizada. Es suntuoso, explosivo, confuso. Explosión, indisciplina, confusión… No, desde luego no hay nada en estas palabras que nos sugieran acomodo o laxitud. Tampoco hay nada decorativo en estas piezas de Emilio Cerezo, no se han fragmentado, ni seccionado, ni reagrupado –propiciando un nuevo diálogo entre ellas y nosotros–, buscando satisfacer la cómoda mirada del espectador. Se ha buscado provocarnos, interpelarnos, implicarnos en la obra.
Cuadros ante los que tenemos la sensación de asistir al desarrollo, a la génesis de un proceso que, como casi siempre que nos referimos al hecho artístico, parece interrogarnos de forma misteriosa. Un enigma que se desarrollara y tuviese lugar ante nuestra presencia. Buscamos las conexiones, los puntos de contacto entre cada uno de los Fragmentos que nos propone esta muestra expositiva… este experimento, que no puede por menos que resultar estimulante.
Mostrar y ocultar un juego de simulacros y presencias; y, a la vez, un juego de sugerencias planteado como una superposición de capas, de materia, de fluidos pictóricos, que ocultan, sí, pero también que parecen abrirse tras cada incisión, tras cada raspado, prestándose a que podamos acercarnos al desciframiento que aflora, enigmático, apenas mostrado, en cada una de las pinturas, en cada uno de los Fragmentos de este todo constituido por las obras que laten sobre las paredes de la sala, sobre las hojas blancas del catálogo que sostienen en sus manos.
Pedro Manzano
